Empecemos por el final
Hacía unos días que había llegado el novio de su mejor amiga para pasar unos días en Uruguay. Él es psiquiatra y, al igual que ellos, es venezolano y quería aprovechar que su novia estaba acá para explorar opciones laborales fuera de su país.
Esa noche, como era costumbre en nuestra relación, ella hizo su reunión en la sala de la casa, mientras yo me quedaba solo en la habitación, saliendo únicamente para ir a la cocina por algo de beber o salir al balcón a fumar, lo menos posible. Como solía pasar en estos casos, el simple hecho de cruzar por la sala implicaba un abrupto silencio en la conversación, con comentarios del estilo "ahí va" o "¿y ahora qué le pasa a este?", o como en ese caso en particular, "usted, ¿qué opina, doctor?".
Ella terminó tarde en la madrugada, entró al dormitorio y puso videos a un volumen muy alto. Al no poder conciliar el sueño, dado que tenía que levantarme temprano al día siguiente, tomé mi almohada y una frazada y fui a dormir a la sala. La mañana transcurrió tranquila en el trabajo, hasta que a media mañana recibí un mensaje de ella en el que me decía que esta situación no daba para más, y que quería terminar la relación. Le pedí que hablemos de esto en casa, de manera tranquila y directa, en lugar de hacerlo por mensaje.
Llegada la noche, la amiga, a la que llamaré Teresa para darle un nombre, había organizado una reunión con sus nuevas amistades para presentarles al novio. Teresa me pidió que estuviera en la reunión y que como favor hiciera unas pizzas para servir a sus amigos, a lo que accedí sin problemas. Sin embargo, en un momento en el que estuvimos solos, le pregunté si realmente le parecía bien que estuviera con ellos en la reunión, ya que la relación con su amiga había terminado esa mañana. Ella no tenía idea de esto, pero igualmente insistió en que me quedara.
Pasaron un par de horas hasta que Maia, por ponerle un nombre a mi ex, llegara del trabajo. Entró directamente por la cocina hacia nuestro dormitorio, pasando por el cuarto de Teresa, donde el novio también se encontraba. Tanto Teresa como el otro amigo que vivía con nosotros fueron a hacerle compañía al dormitorio. Pasó un tiempo antes de que salieran. Maia entró a la sala, saludó a todos los presentes, excepto a mí, y se sentó en la otra punta de la habitación, tensa y sin hacer el más mínimo contacto visual. El ambiente se volvió bastante incómodo, por lo que decidí irme a la cocina a terminar de cocinar antes de acostarme a dormir. Esa tarde, apenas llegué a casa, preparé una pequeña habitación de invitados para mí, que solíamos usar como un depósito para todas las cosas que no usábamos.
Transcurrió la noche y la reunión casi llegaba a su fin cuando Maia se fue a dormir. Antes de eso, pasó nuevamente por el cuarto de Teresa hacia la cocina, asumo que para que nadie viera que venía a verme.
En ese momento, nos quedamos un rato solos, estando uno frente al otro sin mediar palabra, hasta que Maia me abrazó con fuerza, se disculpó y me dijo que me amaba, pero que no podíamos seguir juntos porque yo merecía algo más, algo que ella sentía que no podía darme. Decía que cuando nos abrazábamos, sentía que todo se podía arreglar y que todo estaría bien, pero que no era justo para mí. Luego, se secó las lágrimas y se fue a su dormitorio desde esa tarde.
Una vez que terminé de cocinar, me tomé un último trago de cerveza y fui a su dormitorio a hablar con ella. Maia estaba llorando en la cama en posición fetal y con todas las luces apagadas. Me acerqué, me senté en el borde de la cama, le sequé las lágrimas y luego agarré su mano. Le pregunté si podíamos hablar, que me dijera qué estaba pasando y qué estaba sintiendo. Ella me pidió que hablemos de eso al día siguiente, porque ya estaba muy cansada. También me pidió que no me fuera a dormir al otro dormitorio y que me quedara allí con ella